LO QUE COMÍAN LOS TERCIOS ESPAÑOLES

por Celso Vázquez

Hay cuerpos de a pie de los ejércitos que han pasado a la historia, como las falanges macedonias de Filipo II y su hijo Alejandro Magno o la «Grande Armée» de Napoleón I Bonaparte, pero seguramente son los legionarios de la Legión  romana y los Tercios españoles los cuerpos de tropa de infantería más célebres que han pasado a la historia del mundo.

Los primeros dominaron el mundo occidental alrededor del Mediterráneo desde el año 146 a.C. hasta casi el 400 d.C., más de cinco siglos. Los segundos lo hicieron durante casi dos siglos, XVI y XVII.

QUÉ ERAN Y UN POCO DE SU HISTORIA

Los Tercios Españoles se formaron por tropas del reino de Aragón y de algunas castellanas, acabada la reconquista del reino nazarí de Granada, 1492, bajo mando del cordobés, de Montilla, militar castellano, Gonzalo Fernández de Córdoba, «El Gran Capitán», en el sur de Italia al guerrear contra los franceses.

Este capitán de los Reyes Católicos, bregado en la renovadora estrategia militar española, forjada durante la conquista de Granada, y muy influenciado por «modelo suizo», con sus triunfos de su moderna infantería frente a la antigua caballería pesada de la Borgoña francesa, creó, unas nuevas unidades de infantería, combinando, dos núcleos, de piqueros y de arcabuceros (con el tiempo otro de mosqueteros) apoyados por auxiliares ligeros como rodeleros y alabarderos y variado y completo personal de intendencia y servicios.

Los tercios españoles, formados por soldados profesionales nacionales, alemanes, italianos, suizos, etc., la mayoría súbditos de la casa de Austria-Habsburgo, dominaron en media Europa desde sus primeros inicios, hacia 1495, batalla de Seminara, de su creación oficial, en 1534, por el rey Carlos I, hasta su declive tras la batalla de Rocroi, 1616, y su final disolución en 1704, por el primer rey Borbón, Felipe V.

SU ALIMENTACIÓN

La dieta oficial, cuando podía haberla, era, como todo en ellos, muy estricta, tanto para los soldados como para los mandos medios, que componían los Tercios.

Mucho se ha escrito y contado sobre sus acciones y batallas, pero poco o muy poco sobre su vida cotidiana y sabemos que detrás de toda gloria y fama militar cuenta y mucho la imprescindible intendencia. Ya que muchas más guerras se ganaron o perdieron por el buen y constante avituallamiento que por la valentía y coraje de los contendientes. Todos los hombres necesitaban en su día a día tener pan y bebida que los mantuviera sanos y fuertes y renovará sus energías. La historia nos ha enseñado que sin pan no hay victoria.

Entonces ¿qué comían los Tercios españoles? Parte de su éxito residió, precisamente, en su alimentación, que, aunque no fuera todo lo completa y constante que debiese, sí que estaba organizada y garantizada directamente por la propia Corona.

Los primeros y grandes reyes de la casa de Austria-Habsburgo, Carlos Il, y su sucesor, Felipe II, siempre tuvieron presente que, antes de todo, si querían unos Tercios potentes y victoriosos siempre deberían proveer a fin de que estos tuvieran siempre algo que llevarse a la boca, por muy costoso y complicado que esto fuera. Y pusieron toda la gran administración y burocracia de sus diversos reinos en marcha para conseguirlo.

Según el hispanista, Geoffrey Parker, su alimento básico era el conocido como “pan de munición” que era elaborado con trigo y centeno y tal y cada soldado necesitaba ingerir al menos una libra y media (700 gr.) de este pan por día. El cual no siempre podía elaborarse con los ingredientes oficiales.

Además la alimentación, oficial, de cada soldado raso era ese «pan de munición» o a veces de bizcochos, una libra de carne (500 gr.) y media libra de pescado (250gr.) y una pinta de vino (568 mml.), En Flandes también podía ser cerveza unas dos pintas (1’200 litros) más su correspondiente parte de aceite de oliva y vinagre, lo que en teoría les aportaba una suficiente alimentación.

No se dice nada de verdura, hortaliza o huevos, que se sobreentiende que dependería del momento ocioso y  tranquilo o bélico, además de la zona y región donde se estuviere al ser alimentos frescos. Hoy sería el equivalente de 3.300 a 3.900 kilocalorías diarias.

Los dineros, las finanzas, en una guerra, y eran constantes,  son uno de los elementos más complicados y delicados para los gobernantes y gestores que las impulsan y en este casol no era una excepción. El cotidiano abastecimiento, mantenimiento y transporte de tantas mercaderías por casi toda Europa (los Tercios nunca fueron a América) por arduos y tortuosos caminos y cruzando barreras geográficas casi insuperables, el tiempo duro de Centroeuropa y los robos y la omnipresente corrupción, habitual y humana, lo hacían complicadísimo.

A pesar de todo ello, se pudo, casi siempre,  gracias a la labor de los furrieles mayores de cada unidad, dar de comer a todos los soldados y mandos y, a diferencia de otros antiguos y desordenados ejércitos, no caer en las hambrunas tan típicas hasta el momento de tantos contingentes, donde la tacañería, avaricia y corrupción de las autoridades, dando alimentos baratos, semiputrefactos y sobre todo escasos, condenaban a sus soldados muchas veces a penurias, desnutrición y enfermedades con consecuencias nefastas.

Muchas veces por uno u otro motivo se fabricaban panes con elementos sustitutivos, perniciosos y extraños, como trozos de yeso, harinas medio molidas de no se sabía qué o  incluso trozos de galletas inefables y de origen desconocido. Todo valía, claro, con tal de acallar el hambre, y esos  seudopanes que se entregaban producían más bajas, enfermos y muertos, que el combate en sí. 

¿Cómo comían los Tercios durante las batallas?. Y es que no es lo mismo ponerse a comer en plena batalla, alargada muchas veces durante horas, días, semanas y hasta meses, entre malolores nauseabundos de entrañas desparramadas, miembros amputados violentamente, sangres frescas y secas, con penetrante tufo de muerte y pólvora, que hacerlo tranquilos en un campamento o en una ciudad sede o recién tomada por su unidad en cuestión.

Si el Tercio tenía la suerte de asentarse en algún lugar por un largo período, se encargaba a uno de los auxiliares que  acompañaban a los Tercios, mujeres o pajes, que elaborasen el rancho con un puchero u olla común donde hortalizas zas y caldos se juntaban con tropezones sólidos, acompañada de pitanzas varias, pescados fluviales o de mar, carnes de granja y caza, quesos, morcillas, chorizos, salchichas, huevos y si había suerte jamón y frutas locales de temporada.

Todo lo comían en modalidad compartida de cuchara alante y paso atrás, siempre con un trozo de pan en una mano y en la otra la cuchara o la daga, navaja, para pinchar los trozos sólidos, en grupos de hasta 25 hombres, la escuadra dependiente de un cabo.

Mojaban pan en la olla común o sacaban las presas de carne con la daga, según explican los historiadores investigadores, Fernando Martínez Laínez y José María Sánchez de Toca.

Por supuesto nada que ver con una situación activa y tensa de lucha, donde se encargaba a un miembro de la escuadra de la tarea de abastecer de munición y pólvora a los arcabuceros y además debía entregar la ración personal, alimentos secos y portátiles, como pan, queso, tasajo o mojama, embutidos, pescado seco en salazón entre otros, a todos y cada uno de los combatientes.

¿Cuánto costaba todo esto?

Comer no era en absoluto gratis, aunque a veces la necesidad obligaba al pillaje en razzias a los civiles y campesinos de los territorios en donde se desarrollaban los combates.

Alistarse como combatiente miembro en un Tercio, que suponía todo un orgullo pero que conllevaba que, de la sodada anual que recibían, se le dedujeran unos 15 florines al año, que a partir del siglo XVII, ascendió a 30 florines, a cada soldado para poder costear su alimentación durante su servicio contratado en las campañas militares.

Una medida que era costosa pero que lejos de enfadarlos soldados les servía como previsión de posibles hambrunas y de contención frente a los consecuentes descontentos.

Les compensaba y mucho  quedar a salvo de las terribles fluctuaciones y escasez del mercado y el gobierno se sintió más seguro de sus hombres, libres del peligro gro de motines y algaradas provocados por el aguijón del hambre.

En 1529, los sueldos para la infantería española en Italia eran los siguientes:

Infante: 1050 maravedíes al mes = 3 escudos de 350 ms.

Escopetero: 1054 mr/mes

Arcabucero: 1400 mr/mes = 4 escudos.

A veces las pagas no llegaban,  caso harto frecuente, que podía durar meses  y entonces los soldados podían dedicarse en los menos casos, a robar y saquear de manera violenta, o, más frecuente, hacerla por una forma ‘civilizada’ y normalmente incruenta, la denominada «sistema de contribución», o, como decía el Abad de Nájera, comisario del ejército imperial en Lombardía en la década de 1520, por «vía de concierto y rescate».

Todo esto nos sirve para hacernos una imagen de cómo vivían a diario nuestros afamados tercios y descubrir esa otra arma secreta aparte de la combinación estratégica de tres armas, picas, arcabuz y mosquete, que no fue otra que la preocupación por una intendencia segura y abundante en nutrición.

Seguramente todo el descomunal, lento y oneroso aparato de la burocracia a partir de Felipe III con Lerma, más aún de su hijo, Felipe IV y Olivares, y culminando con la gris y tediosa decadencia del pusilánime, Carlos II, llevó a la corrupción y decaimiento total y todo ello acabó con la eficacia y brío de los Tercios que el nuevo rey francés fulminó aboliendolis en una de sus primeros decretos.

Rafael Rincón JM

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